muchachos sin hambre

Los muchachos ya no tenían hambre. Al menos ya no como los pájaros o los abedules, que volaban y crecían y continuaban haciendo lo que se espera que hagan los pájaros y los abedules.

Pero los muchachos ya no tenían hambre de comida ni de agua. La habían cambiado por el ansia de vino y de faldas de flores volando. Los secretos vedados que estas escondían eran ahora el nuevo horizonte. Las chicas risueñas de pantalones cortos y zapatillas de lona roja, ellas también habían cambiado. Ahora enseñaban los dientes, soltaban sus suaves melenas y afilaban sus menudas garras. Eran leonas, eran panteras sin miedo a la noche y sin miedo a lo oscuro y sin miedo a los hombres mayores montados en motocicletas.

Fue la espontánea pérdida del terror y esa saciedad de lo que había sido correcto. Quizás no se deba llamar valor a la ausencia del miedo, pero decadencia tampoco era la palabra adecuada, menos aun si tan solo se emplea para hacer resurgir el sentimiento de culpa -de culpa de qué- que habita en todos los hombres. La pérdida del pudor, del pánico, cómo comenzaron a desdibujarse los límites de la locura se produjo de manera tan natural que poco se pudo hacer para frenar el incendio. Quién se preguntó por primera vez qué era lo debido y cuánto era lo que uno podía devorar antes de sentirse enfermo.

Cuántas veces puede quemarse uno los dedos antes de salir ardiendo.
¿Cómo de hermosa puede ser en realidad la decadencia?