23.4.16

persiguiendo sombras




Si ahora me voy de quién serán 
las pisadas que oirás llegar 
no existe nada por lo cual 
yo te pueda cambiar 
Da igual si no estás 
que te busque por cualquier lugar 
nada me importa hoy 
no se ni donde voy 
persiguiendo sombras
(Persiguiendo sombras - Nacha Pop) 

Valentina había ido a muchas citas importantes. El año anterior el Ayuntamiento de Madrid dio un premio a su padre por alguna cosa que ella había olvidado. Se había puesto guapa, se había sentado ante un cubierto más caro de lo que le permitía admitir la vergüenza y había sonreído y repetido lo mucho que se alegraba.
Por supuesto le daba igual. Le constaba que a su padre, en un sentido de orgullo, también. Él quería más trabajo, más proyectos, más dinero y eso era un escaparate estupendo. Su madre sí estaba orgullosa. Y sus hermanos. Pero a Valentina, sin más, no le importaba demasiado; ya sabía que su padre era bueno. Lo que dijera un alcalde al que ella no había votado no tenía demasiado valor. 
Pero esa vez, sin embargo, una vibración ansiosa se había instalado en su pecho. Sonreía, nerviosa, y eso que no era cosa suya. Tardó un rato en escoger qué iba a ponerse hasta que se decidió por un vestido azul oscuro que apenas había estrenado. Con cuidado lo dobló y lo metió en una bolsa de viaje que había usado otras veces para la ropa deportiva, y añadió unos zapatos. Fue al cuarto que había sido de su hermano y sacó de uno de los cajones unas cuantas camisas que también metió en esa bolsa, junto con un neceser con pinturas. 
Se colgó el bolso al hombro, comprobó que iba muy bien de tiempo y salió de casa con paso acelerado. Se le ponía una sonrisa absurda y plagada de emoción en la boca y se sintió un poco tonta, pero se dijo que estaba bien. Está bien no sentirte culpable porque algo te haga feliz, aunque no sea algo para ti mismo. Quizás eso honra el gesto, incluso. 
Se mordió los labios, pensando que en realidad no sabía muy bien cómo comportarse. Que no tenía ni idea de qué hacía uno en esos sitios y que nunca había visto a gente así. Empezaba a pensar que era adicta a salir de su zona de confort, a estar nerviosa, al riesgo. Que a lo mejor aquel día que Oli le dijo que parecía que siempre esperaba el golpe era cierto. Pero es que le gustaba estar a la defensiva. 
Al fin y al cabo, ¿qué le obligaba a ser de otra manera?¿Por qué tenía que justificarse? Cruzó la esquina de siempre sin pensar ni siquiera en el camino. Sentía su cerebro como una madeja de hilo desordenada y pensó que hacía mucho tiempo que no se sentía tan emocionada por algo. 
Sacó la llave de su bolsillo y abrió el viejo portón, que chirriaba. Subió los escalones de dos en dos. 
Quizás de haber estado menos contenta lo habría sentido o lo habría olido o algo, a saber. Cuando la abuela Valentina murió ella sintió el aire volverse más leve, como si nada pesara, como si no hubiera gravedad. Era de madrugada y estaba en la cama, pero aún así supo que su abuela había muerto en el cuarto de al lado. La luz también le parecía diferente. 
Valentina solo se dio cuenta cuando el olor a muerte la envolvía. Estaba en el pasillo, en la cocina, en todas partes. Dejó la bolsa en el suelo, cerró los ojos, tragó saliva. 
-¿Joan?- llamó- Joan, ¿qué tal?



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